De Alcalá de Henares a Loranca: un viaje por la España que permanece


Este viaje no empieza en la carretera, empieza en la memoria del territorio. Salir de Alcalá de Henares no es un gesto neutro: es abandonar una ciudad consciente de su pasado para internarse en una tierra que no necesita explicarse.
Como ya escribí en mi libro, los caminos que salen de Alcalá no son simples vías de paso: son corredores históricos por los que ha circulado poder, fe, comercio y silencio. Este recorrido hacia Loranca lo confirma tramo a tramo.
El puente de Zulema: cruzar la historia
El primer hito no es un pueblo, es un acto: cruzar el Zulema. El paso es romano en su origen, elegido cuando Complutum necesitaba comunicar su territorio con el valle del Tajo. La lógica es plenamente romana: dominio del río, del tránsito y del espacio.
El puente que hoy vemos es medieval, levantado o profundamente reformado sobre ese trazado romano, probablemente entre los siglos XIII y XIV. No se construyó para impresionar, sino para resistir. Como ya señalé en el libro, los caminos verdaderamente importantes no se reinventan; se mantienen. Cruzar Zulema es aceptar que el viaje ya ha entrado en otra dimensión, más antigua y más silenciosa.
Villalbilla y Valverde de Alcalá: la continuidad rural
Tras el puente, el camino conduce a Villalbilla y Valverde de Alcalá, pueblos que no se han reinventado porque no lo han necesitado. Su trazado, su escala y su relación con el campo responden a una lógica anterior a la prisa y al turismo.
En mi libro los defino como lugares de estabilidad, donde la historia no irrumpe con estruendo, sino que se sedimenta. Aquí el viajero comprende que esta tierra no se explica por grandes gestas, sino por la permanencia de lo cotidiano.
La Fuente del Rey: agua que llega a la mesa del poder
La Fuente del Rey no es una simple parada: es una clave de lectura del territorio. El agua, siempre lo he defendido, es uno de los verdaderos ejes del poder histórico.
No es una fuente cualquiera. Desde aquí, el agua fue conducida hasta las mesas de los reyes y a Flandes, garantizando suministro de calidad a la Corte. Este dato, aparentemente menor, explica mucho: donde llega el agua controlada, llega también la autoridad.
En el libro insisto en ello: el poder no empieza en los palacios, empieza en las infraestructuras invisibles. Detenerse en la Fuente del Rey es leer el paisaje como documento político.
Olmeda de las Fuentes (la antigua Olmeda de la Cebolla)
Olmeda de las Fuentes introduce un cambio sutil en el recorrido. El terreno se ondula, el paisaje se vuelve más expresivo, casi reflexivo. No es un pueblo que se imponga al entorno, es un pueblo que dialoga con él.
Conviene recordar su nombre antiguo: Olmeda de la Cebolla. La toponimia vuelve a hablarnos de una economía ligada a la tierra, al cultivo, a lo esencial. El cambio de nombre no borra el pasado, lo refina, pero el sustrato agrícola sigue ahí, reconocible en la forma del paisaje.
Como escribí en mi obra, hay lugares que no se conquistan, se aceptan. Olmeda pertenece a esa categoría.
Pezuela de las Torres: agua, pozos y vigilancia
El nombre de este municipio madrileño tiene un origen doble que combina la abundancia de agua y la influencia de la nobleza:
- Pezuela: Se cree que deriva del elevado número de pozos que existían antiguamente en la zona. El nombre fue evolucionando a través de términos como Pizola, Pesola, Peçuela y Pozuela. Algunas teorías lo vinculan a la época árabe, sugiriendo que construyeron pozos en prácticamente todas las casas del lugar.
- De las Torres: Este «apellido» se añadió a mediados del siglo XVII (concretamente en 1642) a petición de Bartolomé Spínola, quien fue el primer Conde de Pezuela.
Como señalo en el libro, cuando un topónimo sobrevive, lo hace porque sigue diciendo la verdad del lugar. En Pezuela, el agua y la vigilancia fueron estructura, no anécdota, y el nombre lo sigue contando con claridad siglos después.
Pioz: un castillo fuera de tiempo y de lugar
Pioz introduce una de las notas más singulares del viaje. Su castillo resulta, a poco que se mire con atención, un castillo fuera de tiempo y de lugar. No responde del todo a las necesidades defensivas inmediatas de la zona ni encaja perfectamente en la cronología habitual de estas fortalezas.
Esa desubicación lo hace interesante. Es una construcción que parece mirar a otro contexto, a otro tipo de amenaza o de ambición. En el libro apunto que no todos los castillos se levantan por necesidad; algunos se levantan por afirmación. El de Pioz pertenece a esta segunda categoría.
Loranca: piedras que cuentan una historia
La llegada a Loranca no es espectacular, y precisamente por eso es honesta. El pueblo no se ofrece como postal, se ofrece como resultado del camino.
Hay un detalle que lo explica bien: gran parte de las viviendas antiguas de Loranca incorporan piedras procedentes del antiguo monasterio situado en lo alto del cerro. No es expolio en el sentido moderno, es reutilización histórica, continuidad material.
Las piedras no desaparecen: cambian de función. Lo sagrado pasa a lo doméstico, lo monástico a lo cotidiano.
Lugares que visitar en el recorrido y en Loranca
Este viaje invita a detenerse con calma en varios puntos clave:
- Puente de Zulema, paso romano en origen y puente medieval en su fábrica actual.
- Fuente del Rey, desde donde el agua llegó a la mesa de los reyes.
- Olmeda de las Fuentes, antigua Olmeda de la Cebolla, por su diálogo con el paisaje.
- Pezuela de las Torres, donde la toponimia explica la función defensiva.
- Castillo de Pioz, singular por su desajuste temporal y estratégico.
- Loranca, la Iglesia Parroquial de San Pedro Apóstol (s. XVI), las ruinas del Convento de Jesús del Monte (mirador destacado), y la plaza mayor con la fuente de cuatro caños (s. XIX) y la Torre del Reloj.
Epílogo de camino
Este no es un viaje para acumular destinos, es un viaje para comprender continuidad. Desde Alcalá hasta Loranca, el trayecto confirma una idea central de mi libro: España no se entiende solo desde los grandes centros, sino desde los caminos, las infraestructuras y los pueblos que los sostienen.
Y en ese camino, las piedras, el agua y los nombres siguen hablando.
