Loranca de Tajuña

Portada renacentista de la hacienda de la Casa de Jesús del Monte. Trasladada en el año 2005 a la biblioteca municipal.

Loranca de Tajuña: un pueblo escrito en la ladera

Loranca no se entiende de un vistazo. Hay que mirarla desde abajo, desde la vega del Tajuña, y luego subir despacio por la ladera, como lo hicieron durante siglos quienes llegaban a este lugar atraídos por el agua, la tierra fértil y la protección natural del páramo. El pueblo se descuelga sobre la margen derecha del río, agarrado a la pendiente, con una orientación al mediodía que explica su vocación agrícola y su carácter luminoso incluso en invierno.

Aquí, la geografía no es un decorado: es el origen de todo. El escalón natural que baja del páramo al valle crea una sucesión de fuentes, barrancos y manantiales que han marcado la vida cotidiana, la economía y hasta la forma de construir. Loranca es, antes que nada, un pueblo de agua.

Un nombre antiguo para un asentamiento muy viejo

El topónimo Loranca tiene raíz prerromana, lo que ya apunta a un poblamiento muy anterior a la Edad Media. No es un dato menor: en esta parte de la Alcarria, los nombres que sobreviven al latín suelen señalar lugares habitados desde hace milenios. No hablamos de una fundación puntual, sino de continuidad humana.

Tras la conquista cristiana a finales del siglo XI, Loranca entra en la órbita del Común de Villa y Tierra de Guadalajara, aunque pronto pasa al alfoz de Almoguera. A partir de ahí, su historia queda ligada a los grandes linajes castellanos y a los vaivenes del señorío.

De realengo a señorío: la villa en manos de la nobleza

El gran punto de inflexión llega en mayo de 1379, cuando el rey Enrique II de Trastámara entrega Loranca como dote a su hija María de Castilla al casarse con Diego Hurtado de Mendoza, almirante de Castilla. Con este gesto, la villa deja de ser de realengo.

A la muerte del almirante en 1404, hereda la villa su hija Aldonza de Mendoza, condesa de Arjona, una de las figuras femeninas más poderosas del siglo XV. Tras su fallecimiento sin descendencia en 1435, Loranca pasa a Luis de la Cerda, conde de Medinaceli, y finalmente, en 1475, es vendida a Íñigo López de Mendoza y Figueroa, primer conde de Tendilla.

Desde entonces, y hasta el siglo XVIII, Loranca pertenece a los condes de Tendilla y marqueses de Mondéjar, integrándose en una red de pueblos señoriales que explica su importancia económica y su notable patrimonio arquitectónico.

Un pueblo vivo en el siglo XVI

A finales del siglo XVI, Loranca es una villa próspera. En 1579, durante las Relaciones Topográficas de Felipe II, los alcaldes Pedro Gómez Caballero y Mateo Sánchez declaran 260 casas y unos 1.000 habitantes, una cifra elevada para la comarca.

La agricultura, los molinos, el aprovechamiento del agua y la presencia de caminos la convierten en un núcleo activo, con peso propio dentro del valle del Tajuña.

La Casa de Jesús del Monte: espiritualidad, poder y ruina

En el punto más alto del valle, dominando Loranca como un vigía de piedra, se levantó en el siglo XVI la Casa de Jesús del Monte, una residencia de retiro de la Compañía de Jesús, construida sobre una ermita anterior dedicada a Santo Domingo. Fue la primera residencia veraniega jesuita de España, vinculada a Alcalá de Henares.

Durante siglo y medio fue un centro intelectual y espiritual de primer orden. Por aquí pasaron figuras como Pedro de Ribadeneira, San Francisco de Borja, el cardenal Agustín Spínola, Gabriel Vázquez, Diego Luis de Sanvítores e incluso Miguel de Cervantes, que compartió estancias con los jesuitas alcalaínos.

La expulsión de la Compañía en 1767, decretada por Carlos III, marcó su decadencia. Subastada, expoliada y reutilizada como casas de labor y penitenciaría, acabó abandonada. Hoy, sus ruinas forman parte de la Lista Roja de Hispania Nostra desde 2018 y constituyen uno de los miradores más sobrecogedores del valle del Tajuña.

Crisis, mortandades y recuperación

Loranca sufrió con dureza los golpes de la historia. El censo de Campoflorido de 1712 refleja una caída dramática hasta 62 vecinos, consecuencia de la hambruna de 1699 y los saqueos durante la Guerra de Sucesión. Nuevas mortandades se documentan en 1748 y 1805, recogidas en los libros parroquiales.

A mediados del siglo XIX, según Pascual Madoz, la villa vuelve a superar los 1.100 habitantes, con una economía basada en cereal, aceite, vino, molinos, ganadería y carboneo. Loranca había resistido.

Agua por todas partes: fuentes, arroyos y manantiales

Loranca se asienta sobre una zona de surgencia del acuífero alcarreño. De ahí la abundancia de fuentes que salpican el término y el propio casco urbano. Durante siglos, los arroyos atravesaban las calles, creando una estampa hoy desaparecida pero profundamente identitaria.

Entre las fuentes históricas destacan la Fuente del Rey, Fuente Pera, Fuente del Saúco, Fuente Rivera, La Hontanilla, La Encubierta, La Fuensanta, El Arca o la Fuente de los Olmos, cada una ligada a huertas, caminos y memorias concretas.

La iglesia de San Pedro Apóstol: piedra sobre piedra

La iglesia parroquial de San Pedro Apóstol, concluida en 1536 y atribuida al maestro Juan de la Riba, es una de las grandes joyas del renacimiento alcarreño. De tres naves y gran tamaño, está protegida por una barbacana de piedra que refuerza su carácter defensivo.

Su portada sur es una de las más bellas de la comarca. En el interior sorprende la presencia de una pila bautismal románica de arcos arcaizantes, vestigio del templo mudéjar anterior, y una torre de origen musulmán del siglo X, reutilizada y elevada con cuerpos románico-mudéjares y renacentistas.

El coro, con artesonado del siglo XVI, y la cerrajería original completan un conjunto que perdió gran parte de su patrimonio en la Guerra Civil, incluido un órgano barroco construido en 1785 por Juan Francisco Verdalonga, maestro también del órgano de la catedral de Sigüenza.

Tradiciones que aún laten

Loranca conserva un calendario festivo intenso. Las fiestas patronales de Santo Domingo de Guzmán, del 3 al 8 de agosto, mantienen encierros, procesiones y una fuerte participación vecinal. El Viernes Santo, las hogueras acompañan a la procesión del Silencio, creando una atmósfera única.

La romería de San Benito, compartida con Pezuela de las Torres, recuerda la antigua unidad del valle, mientras que la Cruz de Mayo rescata coplas, rosquillas y la memoria de los mayos cantados.

Qué ver en Loranca de Tajuña

Loranca se descubre caminando. Desde la iglesia de San Pedro, bajando por las calles del casco antiguo, hasta los molinos del Tajuña, pasando por la Torre del Reloj, las ermitas de la Soledad y San Roque, y culminando en las ruinas de Jesús del Monte, el recorrido es una lección de historia al aire libre.

Quien se acerque al valle encontrará también los chozos de pastor, los restos del Castillejo, las antiguas casas de Jesús del Monte y un paisaje donde encinas, olivares y agua se mezclan sin artificio.