Pezuela de las Torres

Pezuela de las Torres: piedra, agua y caminos antiguos

Pezuela de las Torres no se entiende sin el terreno que pisa ni sin el agua que la ha sostenido durante siglos. Estamos en el corazón de la campiña del Tajuña, en un paisaje modelado por barrancos, vegas y laderas de yesos y calizas que desde época medieval marcaron la economía, la arquitectura y hasta la forma de caminar del pueblo.

La documentación sitúa a Pezuela ya en el siglo XII, en el contexto de la repoblación cristiana tras la recuperación de Alcalá. Su apellido, “de las Torres”, no es decorativo: alude a estructuras defensivas hoy desaparecidas, vinculadas al control visual del territorio y de los caminos naturales que descendían hacia el valle del Tajuña.

La iglesia: centro espiritual y piedra mayor del pueblo

La Iglesia parroquial de San Miguel Arcángel es el edificio que mejor resume la historia de Pezuela. De origen medieval, probablemente del siglo XIII, fue reformada en los siglos XVI y XVII, cuando el pueblo alcanzó cierta estabilidad económica.

Construida en mampostería y sillería, presenta una sobriedad muy castellana. No es un templo pensado para deslumbrar, sino para durar. Su torre —visible desde buena parte del entorno— actuó durante siglos como referencia visual y simbólica, un hito que ordenaba el paisaje humano y agrícola.

En su interior se conservó durante generaciones la religiosidad popular propia de la Alcarria madrileña, con devociones ligadas al ciclo del campo, a la lluvia y a las cosechas, en una tierra donde nada se daba por seguro.

La piqueta de la plaza y la memoria del poder

En la Plaza de la Constitución se recuerda uno de los símbolos más antiguos del poder municipal: la piqueta. Aunque hoy pase desapercibida para muchos, este elemento representaba la jurisdicción propia del lugar, la capacidad de impartir justicia y de ejercer autoridad sin depender directamente de otra villa.

La piqueta no era solo un objeto: era una declaración. Pezuela no era un asentamiento menor, sino una comunidad con identidad, normas y territorio propio.

El sendero de La Quebrada: el balcón natural de Pezuela

Los vecinos lo llaman simplemente La Quebrá, y no hace falta más. El sendero de La Quebrada es uno de esos caminos que no se recorren solo con los pies, sino con la mirada.

Parte de la Fuente de Abajo y avanza por una vereda estrecha, de apenas un metro, recortada en la falda de una ladera empinada de tonos blanquecinos, ocres y grises. Es el color de las margas, las calizas y los yesos laminares que forman el esqueleto del terreno, explotados desde época andalusí para fabricar yeso y cal, materiales esenciales durante siglos en la construcción y el comercio local.

El camino se abre poco a poco hacia un mirador natural interminable, desde el que se domina la confluencia de la vega de Retuerta con el barranco de la Peña del Gallo, y más allá, el valle del río Tajuña. No es un paisaje amable: es un paisaje serio, antiguo, trabajado.

Cuevas Blancas: el oficio olvidado

El paraje de Cuevas Blancas aparece casi sin avisar. Son cuevas artificiales abiertas en la ladera del valle, unos metros por debajo del camino, excavadas para extraer yeso. El resultado es un abrigo sorprendente de bóvedas blancas colgadas sobre el barranco, como si la montaña hubiese sido vaciada con paciencia.

Hasta los años sesenta del siglo XX, Pezuela contó con varios hornos morunos para la cocción de yeso y cal. Hoy apenas quedan restos, difíciles de localizar, pero el paisaje conserva la huella de un oficio esencial, transmitido por tradición y necesidad, sin libros ni planos.

Los riscos calizos de La Quebrada, desmoronados en el borde del páramo, parecen una fortaleza natural: torres de piedra aisladas, vigías silenciosos de un territorio trabajado durante generaciones.

Las fuentes: el agua como patrimonio

Pezuela fue siempre un pueblo de agua. A comienzos del siglo XX contaba con una dotación excepcional de 150 a 200 litros por habitante y día, algo poco común en el medio rural de la época.

La Fuente de Abajo, reconstruida en 1854, es una de las piezas más valiosas del patrimonio etnográfico local. Cinco caños de hierro —aunque hoy solo manen dos— vierten el agua a un pilón doméstico que alimenta dos grandes estanques de sillares de caliza, usados como lavadero público y abrevadero. El edificio anexo fue una antigua almazara, testimonio de una economía autosuficiente.

Más arriba se encuentra la Fuente de Arriba, más sencilla, más discreta, pero igualmente necesaria. Entre ambas se articulaba la vida diaria del pueblo.

Un territorio que aún habla

El recorrido por La Quebrada puede hacerse completo o por tramos, enlazando la ermita de la Soledad o de la Vera Cruz, las fuentes, Cuevas Blancas y los caminos que regresan hacia el casco urbano. No es una ruta deportiva: es un diálogo con el terreno.

Pezuela de las Torres no se impone al visitante. Se deja leer despacio, en la piedra, en el agua y en los caminos que siguen llevando a los mismos sitios desde hace siglos.