Las mirillas de los techos de los soportales: mirar desde arriba

Además de puertas y fachadas, la Calle Mayor conserva un detalle aún más discreto y revelador: pequeñas mirillas abiertas en los techos de los soportales. No están a la altura de los ojos, sino sobre la cabeza del transeúnte, casi invisibles para quien no sabe que existen.
Estas mirillas permitían observar la calle desde el piso superior, normalmente desde la vivienda o el comercio del propietario. Servían para vigilar quién se detenía bajo el soportal, quién aguardaba demasiado tiempo, quién discutía o quién llamaba con insistencia.
Era una forma de control silencioso. Ver sin bajar, ver sin exponerse. En una calle tan transitada como la Calle Mayor —con estudiantes, mercaderes, criados, forasteros y buscavidas—, esta vigilancia era una necesidad cotidiana.




No hablamos de desconfianza permanente, sino de prudencia urbana, una virtud antigua. La seguridad no se delegaba: se ejercía desde la propia casa. El vecino conocía su tramo de calle y lo observaba desde arriba, como quien cuida lo que es suyo.
Estas mirillas del techo nos recuerdan que la Calle Mayor no era un espacio neutro. Estaba habitada, mirada y defendida. La arquitectura no solo protegía del clima; también ordenaba la convivencia.
Hoy muchas de estas aberturas pasan desapercibidas, pero siguen ahí. Son testimonio de una Alcalá atenta, consciente y nada ingenua, donde la vida cotidiana se sostenía tanto en la confianza como en la vigilancia. La calle era mercado, lugar de encuentro y espacio de negociación.
