Agua, camino y memoria

A veces un nombre perdido en un libro antiguo es capaz de abrir un paisaje entero.
En 1546, Pedro Juan Villuga publica su Reportorio de todos los caminos de España, la primera guía impresa de rutas detalladas de la península. Villuga, auténtico pionero de la cartografía práctica, no escribe para entretener: escribe para orientar. Enumera pueblos, distancias y puntos clave del trayecto.
Y entre ellos aparecen los Molinos de Edancho.
Un enclave en el gran camino peninsular
Los Molinos de Edancho no eran una villa ni una aldea.
Eran un lugar del camino. Y no de cualquier camino.
Formaban parte del antiguo eje estratégico que unía Toledo con Zaragoza, una de las grandes arterias históricas que conectaban el centro peninsular con el valle del Ebro.
En aquel tiempo, el viajero avanzaba por el llamado “camino de los carros”, una vía apta para el transporte rodado en estaciones favorables. Para orientarse necesitaba referencias claras: puentes, ventas, ermitas… y molinos.
Por eso Villuga los menciona.
Porque eran un hito geográfico fundamental.
Dónde estaban
El enclave se situaba en el entorno del río Dulce, cerca de la actual Villaseca de Henares (Guadalajara).
Allí el agua ofrecía lo imprescindible:
- Caudal suficiente.
- Pendiente adecuada.
- Posibilidad de construir azudes para desviar el agua hacia los rodeznos.
Tras dejar atrás los molinos, el camino ascendía hacia las sierras por el denominado Alto de la Cruz, siguiendo la cresta en dirección a Sigüenza. Era el tránsito natural desde la vega fluvial hacia la sierra.
El topónimo “Edancho” no designa un pueblo desaparecido, sino el paraje ribereño donde se levantaban esos molinos hidráulicos.
Mucho más que harina
En el siglo XVI un molino no era solo una instalación productiva.
Era:
- Centro económico.
- Punto de reunión campesina.
- Referencia territorial.
- Lugar de paso obligado.
Su presencia indica actividad cerealista, control del agua y articulación del territorio. Indica vida.
Huella en la cartografía histórica
Que los Molinos de Edancho aparezcan en el Repertorio de Villuga es prueba de la existencia de una red de infraestructuras premodernas sólidamente establecida.
Aquella vía histórica sería, siglos después, parcialmente absorbida por los nuevos trazados modernos, incluida la actual carretera N-II. El corredor natural, sin embargo, es el mismo: el valle como eje de comunicación.
El paisaje ha cambiado.
El trazado esencial permanece.
Los Molinos de Edancho fueron agua en movimiento, piedra girando, cereal transformándose en harina. Fueron referencia para arrieros y viajeros. Fueron camino.
Y hoy sobreviven, sobre todo, en la memoria escrita de un cartógrafo del siglo XVI que entendió que para describir un país primero había que recorrerlo.
