Miralrio

Balcón al Henares

Hay pueblos que se explican por su paisaje. Miralrío es uno de ellos.
Asomado con orgullo sobre el valle del Henares, este pequeño municipio alcarreño hace honor a su nombre: mira al río, lo domina, lo contempla desde la altura como si el tiempo no hubiera pasado.

Desde su mirador natural, el horizonte se abre amplio y limpio. La vega fértil, el discurrir del Henares y del Bornova, los campos ondulados de la Alcarria… Todo compone una estampa que justifica por sí sola la visita.

Sin embargo, Miralrío no es solo paisaje. Es también piedra, memoria y resistencia.

Arquitectura popular y heridas de guerra

El pueblo conserva ejemplos de arquitectura tradicional alcarreña:
casas de piedra caliza, muros recios, portadas rematadas con arcos de medio punto, sobriedad castellana sin artificios. Construcciones pensadas para durar, para resistir el frío y el viento que sopla libre en lo alto.

Pero Miralrío sufrió.

Durante la Guerra Civil (1936-1939), el frente estuvo muy próximo. La localidad fue ocupada por ambos bandos y aquella cercanía dejó cicatrices profundas, tanto en sus edificios como en sus habitantes. La acción destructora del hombre hizo que el pueblo perdiera parte de su antiguo atractivo.

Y, sin embargo, sigue en pie. Con menos habitantes que antaño —apenas medio centenar según los últimos datos del INE—, pero con la dignidad intacta.

La iglesia de San Jorge, joya herreriana

Si hay un edificio que define Miralrío, es su iglesia parroquial de San Jorge.

Construida en el siglo XVI por Juan de Buega —maestro de obras que también trabajó en la catedral de Sigüenza—, responde al estilo herreriano o “herrerillo”, dentro del modelo de iglesia de salón: una nave amplia, poderosa, de líneas sobrias y elegantes.

Desde su entorno se obtienen algunas de las mejores vistas del valle. No es casualidad que el mirador junto al templo sea hoy escenario de actos culturales y literarios.

El Palacio y la memoria histórica

Entre sus edificios singulares destaca el llamado Palacio de Miralrío, documentado desde el siglo XVIII. Refleja la arquitectura renacentista propia de la provincia de Guadalajara, aunque con reformas posteriores del siglo XIX.

Miralrío ya aparecía descrito con detalle en el siglo XIX por Pascual Madoz en su célebre Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Entonces contaba con 480 habitantes, escuela, varias ermitas, agricultura variada, ganadería y actividad comercial con Guadalajara, Brihuega y Jadraque.

Hoy el censo es muy distinto, pero la esencia permanece.

Literatura y senderismo: un maridaje inesperado

En Miralrío han sabido unir tradición y creatividad.

Bajo la inspiración de obras como Viaje a la Alcarria, de Camilo José Cela, el municipio ha apostado por una fórmula singular: combinar literatura, senderismo y gastronomía.

Presentaciones de libros en el mirador de la iglesia, rutas como la del Pico de la Muela y la Fuente de Valmuriel, interpretaciones paisajísticas, cenas populares en la plaza Mayor… Todo ello impulsado por el Ayuntamiento, la asociación “Amigos de Miralrío” y colectivos culturales de la provincia.

Caminar y leer. Contemplar y degustar. Pensar y compartir.
Un maridaje perfecto para un pueblo que vive del paisaje y de la memoria.